
La iglesia de San Esteban constituye el embrión fundacional de Larraul, y al mismo tiempo el edificio más antiguo que se conserva en este pequeño municipio guipuzcoano situado en las faldas del monte Ernio. Larraul no logró formar un ayuntamiento independiente hasta 1840, pero al menos desde cinco siglos antes sus vecinos se reunían, formando una comunidad bien definida, en torno a la parroquia de San Esteban. De aquella unión nació el pueblo actual. Una de las familias más antiguas de Larraul, los Larrunbide, tuvo un protagonismo decisivo en la renovación de la iglesia de San Esteban durante el siglo XVI. Poco después de 1500 el párroco Juan de Larrunbide y el maestro cantero Ascensio de Larrunbide planearon la sustitución de la vieja iglesia medieval por un robusto edificio de sillería, de estilo gótico-renacentista. Los limitados recursos de los vecinos hicieron que las obras se dilataran durante varias generaciones, hasta que finalmente fueron completadas con una sólida torre de campanas, edificada por maese Domingo de Beobide y Larrunbide en 1590. La nave gótica de San Esteban, estrecha y alargada, rematada por una profunda cabecera ochavada, tardó mucho tiempo en cubrirse. Entre los años 1543 y 1553 los muros, construidos por Pedro de Apalasagasti, fueron creciendo lentamente, apoyados en potentes contrafuertes, y sin otras aberturas que un óculo en la fachada Oeste y un bonito ventanal en la cara Sur. Inmediatemente después, en apenas dos años el maestro Miguel de Idogarate armó las elegantes bóvedas estrelladas que cubren el altar y los dos primeros tramas. Recientemente, durante los trabajos de restauración, se ha descubierto que detrás del retablo mayor se ocultaba una curiosa grisalla pintada al temple hacia 1560. Esta pintura en blanco y negro, única en su género en Gipuzkoa, fue realizada por un hábil artista anónimo, perteneciente a la primera generación del estilo romanista, y no lelgó a concluirse. Se representa un retablo fingido de rica arquitectura clásica en el que se aprecian las cabezas de los profetas Isaías y Jeremías, así como las figuras inacabadas de la Virgen y San Juan en el Calvario. Las pinturas se completaban con dos imágenes de madera de Cristo Crucificado y San Esteban, ambas desaparecidas. El retablo mayor, actualmente adelantado para facilitar la visita de las pinturas, lo armó el escultro Juan de Zialzeta en 1649. Es una obra de correcto y equilibrado diseño clasicista, parcialmente desfigurada por el color de los fondos y el jaspeado de las columnas. En el banco hay pequeños relieves de santos y evangelistas, mientras que en las hornacinas superiores pueden verse esculturas de madera policromada de San Pedro, San Pablo, San Ignacio de Loyola, Santiago Peregrino y el propio San Esteban, patrón de la iglesia. Son bellas figuras de anatomía robusta y rostro ensimismado.